El mundo de los libros

Dicen los que saben más que yo, que no existe vicio bueno pero es inevitable tener unos cuantos, así que yo recomiendo que uno de ellos sea leer.

He pasado una gran parte de mi vida sumergida en la lectura como un buzo pasa gran parte de la suya sumergido en el agua. Con la misma felicidad con que a los seis o siete años leía un tebeo de Pulgarcito o del Capitán Trueno (que nunca distinguí entre libros de chicas o de chicos) puedo leer ahora un libro sobre el planeta Venus, o una novela de Kate Morton , o un reportaje del periódico, o una antología de poemas de García Lorca.

Entonces, cuando estaba en la escuela, me imaginaba el momento de volver a casa y ponerme de nuevo a leer mis tebeos, y esa expectativa me daba una dicha tan intensa, tan secreta, que era consciente de no poder transmitírsela a nadie. Vivía en una casa en la que tuve la suerte inmensa de que mis mayores accedieran a alimentar mi vicio precoz, en parte por un respeto hacia el saber y las palabras escritas, y en parte por puro cariño

En la madrugada del 6 de enero, los Reyes Magos austeros de aquel tiempo dejaban regalos que también tenían que ver con las palabras escritas: unos cuadernos; un plumier o una caja de lápices de colores; algún tebeo, algún libro. El día de Reyes era una larga inmersión en la lectura.

Uno se sumerge en un libro, desciende lentamente hacia el fondo de un medio más denso y menos iluminado que la realidad exterior. Uno cierra su escotilla, se acomoda en el silencio. El mundo real, unas veces es gozoso y otras es hostil sin embargo en la cámara sumergida del libro, uno se encuentra a salvo de todo, al menos por un rato.. El libro multiplica las dimensiones del mundo y la variedad de los paisajes y las vidas; lo salva a uno de las cosas cotidianas, de la realidad del aquí y ahora, pero el libro no nos roba la curiosidad hacia lo más cercano, bien leído, es una lente de aumento, un microscopio, un telescopio, una máquina del tiempo.

El buen aficionado lleva a cabo la mayor parte de sus mejores lecturas en diversos grados de proximidad a la posición horizontal. Bien es verdad que también se somete a las mayores incomodidades: lee de pie, en un vagón del metro; lee en la silla de una biblioteca pública, bajo una luz escasa que le daña los ojos; incluso en medio de la calle, con la misma impaciencia que el que compra una barra de pan recién hecha le arranca el pico y se lo va comiendo en el camino hacia casa. El vicio de leer ha de ser alimentado, pero es un vicio tan feliz que una vez que lo consumes, el libro sigue intacto para hacer las delicias del siguiente lector. El lector vicioso lee hasta los papeles rotos de las calles, los letreros de las tiendas, la novela barata de intriga que encuentra un día olvidada en el asiento contiguo del tren; pero aprende también a distinguir lo que le gusta mucho de lo que no le gusta nada, y poco a poco se va formando un criterio que puede ser a la vez exigente e indiscriminado. Después de muchos años de disfrutar de este “vicio” cada día tengo la impresión de disfrutar más de él, y mi único disgusto es el de pensar que nunca podré leer todos los libros que quisiera.